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La Historia empieza cuando el plan termina

Dispersamientos
La Historia empieza cuando el plan termina

En el show “Extraordinariamente imperfecto” de Frank Martínez (Uno de los mejores comediantes de colombia) escuché una frase que me partió en dos: “La historia empieza cuando el plan termina.” No voy a mentir, lloré ahí sentado, en plena tarima ajena, como si el chiste fuera mío, como si esa frase estuviera escrita para mi en este preciso momento de mi vida.

Porque llevo catorce años con un plan. Se llama “Desarrollador de software”. Buen plan, eso sí. Uno que paga en dólares, que me dio de comer, que me dio suscripciones eternas a plataformas que no necesitaba, un plan que me sostuvo. Pero un plan al fin y al cabo, y los planes tienen fecha de vencimiento que uno no siempre ve venir.

El mío ya venció. Y esto es la historia de lo que empieza ahora que no hay plan.

La IA me quitó el alma

No quiero ser más programador. Ahí está, ya lo dije, ya no hay vuelta atrás (bueno, sí hay, pero ya quedó en un post y borrarlo da mas pena que admitir que me masturbo con un dedo en el culo).

Los últimos años en esta industria han sido salvajes: despidos masivos, la presión tóxica de aprender lo nuevo antes de que lo nuevo te vuelva obsoleto, y ahí en medio, la inteligencia artificial. Y miren, no vengo a decir que la IA es mala —de hecho es una herramienta brutal, resuelve en minutos lo que antes me tomaba horas— pero a mí en el proceso se me fue perdiendo el alma.

Tengo TDAH. Antes, resolver un problema difícil era mi droga: horas de hiperfoco, yo contra el bug y las distracciones, nadie más. Ahora ese mismo problema lo resuelve un chat mientras yo juego Minecraft (Porque minar diamantes es mi pasión descontrolada cuando no tengo un foco). Y en teoría debería estar feliz —“¡tienes más tiempo para otras cosas!”— pero lo que sentí fue otra cosa: que ya no pertenezco ahí. Que la parte de mí que era creativa y recursiva para resolver problemas ya no tiene trabajo. Me automaticé antes que mi propio puesto.

Nietzsche, en un fragmento de Aurora, decía que el trabajo es la mejor policía: frena a cada uno de nosotros y detiene el desarrollo de la razón, los apetitos y los deseos de independencia. Y yo llevo catorce años sintiendo exactamente eso, solo que antes no tenía cómo nombrarlo. El trabajo no me robó solo horas, me frenó las ganas de preguntarme si esto era lo que quería. Me quitaron el problema difícil, sí, pero con eso también se fue el único espacio donde mi cabeza dispersa lograba quedarse enfocada en algo que era mío.

El impostor que aplaude cuando fallas

Aquí es donde toca hablar de la comedia, porque llevo dos años en esto y me ha enseñado más de lo que cualquier certificación de programación me enseñó jamás.

Cuando empecé no podía ni memorizar un chiste. Me subía a tarima con la libreta en la mano, leyendo como si fuera una exposición. Hoy ya no necesito la estructura, me dejo llevar por lo que siento, y eso —aunque me falta muchísimo todavía— ha empezado a conectar con la gente.

La comedia me enseñó algo que en el software se me había olvidado: que uno mejora por exposición, no por perfección de entrada. Que el síndrome del impostor no se cura pensando que ya eres bueno, se cura subiendo de nuevo la próxima semana aunque el chiste no haya funcionado.

Y créanme que sé lo que es el síndrome del impostor a nivel profesional: todo lo que hago me parece malo, y pienso “¿quién va a pagar por esto?”. Pero también sé que todo inicio es difícil y que con el tiempo la cosa mejora. Lo he vivido. Lo estoy viviendo.

El miedo con nombre y apellido

Ahora, no nos pongamos poéticos de más: dejar un sueldo en dólares es, prácticamente, una apuesta suicida en términos financieros. Tengo un hijo. Joaquín no entiende de “propósito de vida” ni de “seguir mi pasión”, entiende juguetes, videojuegos costosos, mecato, dulces y todo lo que papito puede comprarle.

Tengo una costumbre con él, medio en broma, medio en serio: cuando pide algo le digo “¿usted cree que somos millonarios?” y él, sin dudarlo, me dice que sí. Y eso me revuelve por dentro, porque hasta ahora ese chiste se sostenía solo, siempre hubo con qué. Él no puede entender la situación de papá, ni tiene por qué. Él solo quiere jugar, que le compren el videojuego de moda, robux para cambiarse de skin, cosas de niño de nueve años. Y ahora no sé si voy a poder seguir respondiéndole que sí somos “millonarios”, ni cómo voy a reaccionar el día que la respuesta sea que no.

Me da miedo pensar que lo que he construido con él tenga de base el dinero, o mi trabajo. Lo curioso es que justo ahora, que ese dinero está en duda, es cuando más tiempo tengo para estar con Joaquín —aunque sea porque vivo de ahorros y todavía no tengo un ingreso de ningún otro lado— y ese tiempo con él me llena de vida de una forma que ningún sueldo me llenó nunca. Ojalá lo que quede entre los dos, cuando se acaben los ahorros, sea eso y no la nostalgia de cuando papá sí era “millonario”.

Me da miedo no llegar a fin de mes. Me da miedo no darle a mi hijo lo que necesita. Y sí, mucha gente me va a decir que soy un idiota por no simplemente “adaptarme” a la tecnología. Puede que tengan razón. Pero yo también creo que hay algo más allá de trabajar para poder vivir. Ser productivo todo el tiempo no hace más que matarme lento, enterrando la tranquilidad de vivir de lo que amo, de lo que me gusta. Pero también hay gente que vive con “menos”, que trabaja de lunes a domingo y le alcanza. Puedo intentarlo yo también. Con miedo, con frustración, pero puedo.

El niño que quería una lupa

(Agachese y me lo chupa. Perdón, el chiste estaba ahí y yo solo fluí)

Si ya no hay plan, entonces esto —lo que sea que venga ahora— es donde empieza lo que de verdad quiero: vivir tranquilo.

Ando en un taller de sanación de niño interior (sí, ya sé cómo suena, pero denle oportunidad de vivir algo así), y ahí descubrí que mi niño interior no quería ser desarrollador. Quería ser explorador. Biólogo. Quería producir música. Nunca quiso un IDE, quería una lupa y un bosque. Quería un pincel y un lienzo, y pintar ahí lo que le hiciera feliz.

Hay un dicho que dice que para que un loro aprenda a volar, lo primero que hay que hacer es cortar el palo que lo sostiene. Yo llevo catorce años amarrado a mi palo. Buen palo, eso sí. Uno que paga en dólares, que me dio de comer, que me sostuvo. Pero un palo al fin y al cabo. (Yo sé que suena raro y que ustedes tienen la mente dañada, pero si, estuve encima de un palo la mitad de mi vida)

Aterra empezar de cero. Sin plata, sin conocimiento nuevo, sin ganas algunos días. Pero también es, quizás, la única forma real de crear algo propio.

Muchas veces fui yo mismo el que aflojó el palo sin darme cuenta. Hoy siento que fue más bien el universo el que le metió la primera estacada, y el palo ya está flojo. Lo que me toca ahora es terminar de mocharlo. Vuelo o me caigo. Y honestamente, caerse tampoco es tan mala opción —a veces es la única forma de aprender a levantarse y coger impulso otra vez.

No sé si voy a cambiar de opinión cuando se me acaben los ahorros. Puede que sí. Estoy preparado incluso para eso. Pero hoy elijo la tranquilidad, porque no hay Baloto que la compre (aunque, para ser sincero, es más probable que me gane el Baloto a que un chiste me funcione a la primera con público).

Así que nada: si del cielo me caen limones, pues me hago un pie de limón. Y si mañana lo que cae son huevos, pues me pongo a hacer huevonadas.

El programador se está muriendo de a poco. No sé todavía quién es exactamente el que queda parado ahí cuando se acabe de caer el palo, pero sé que ya no es el mismo. Ya no hay plan.

Empieza la historia.